La
probóscide se enrosca en los blancos muslos de la presa, los tensa para cortar
la circulación y de esa manera exacerbar las sensaciones. Los gritos son
automáticos, lamentablemente y para su desconocimiento, solo proporcionan mayor
contracción, lo que hace que el siguiente paso del ritual se vuelva
insoportable. Como un falo hambriento, el grueso apéndice entra en la carne,
lentamente, entumeciendo y chorreando la piel de la efigie pervertida. En la
desesperación entrecorta los lamentos con un rezo improvisado, conocimiento asimilado
en uno de los numerosos llamados de auxilio, era tanto el dolor, era tanto el
tormento, que fue capaz de caer en la fe con tal de encontrar un método que
lograra detener el calvario. La violación se repite noche tras noche,
puntualmente, desde aquel día. Desearía poder imaginar, al menos por
fragmentos, que la humedad fuese excitación y no restos de sangre sorbida de su
útero, pero las pulsaciones son tales que solo se entrega a la angustia,
repitiendo mecánicamente su mantra de quejas que versa a favor del dolor; que
este sea lo suficiente como para acabar con la sepsis y la vida maldita.
Los ataques habían
aumentado en frecuencia y violencia. Pasando de cortes superficiales a
grotescos asaltos que no respetaban lugar. Abusada hasta perder el conocimiento,
tras los encuentros quedaba la pegajosa sensación de las escamas que la
cubrieron durante la copulación y la rabia de haberlo dejado entrar en su vida,
sin haber pensado ni anticipado nada de lo que estaba viviendo.
Antes de la
polifagia sexual del cotidiano estuvo cercada por otras manías. Luego del
primer encuentro, se sintió perseguida, observada, incomodada por una, hasta
ese momento, presencia imaginaria. Podía reconocer el aroma ambiente del
instante en que lo conoció, pero siempre prefirió asociarlo a su imaginación.
Cuando la relación simbiótica empezó a manifestarse con mayor notoriedad, todo
su entorno comenzó a derrumbarse, incluida la primera ilusión real y viva que
hasta el momento crecía en su pecho. Aquello acabó en seco, fue abandonada sin
mayores explicaciones por el que hasta ese momento había sido su fiel compañero
y amante, quedando sola, sola en compañía de “aquello”. Con la oportunidad
fallida de amar vino también el desencanto del ser. Y no del ser personal como
se podría esperar, sino del externo, el que puede ser en tanto tierno como
feroz, el único que puede regalar la sensación de pertenencia a la vida. El carnaval de su cuerpo había sido desechado sin
poder entender por que. El húmedo fuego de su entrepierna ya no era suficiente
para nadie, atar con aquel veneno no tenia el mismo efecto ahora que
prácticamente llevaba tatuado el antídoto en la frente, no sospechaba que
aquella miel virginal seria el alimento del etéreo ser que se volvería su
sombra.
Los días habían
sido locos e impetuosos, impregnados del espíritu juvenil que crecía en la
pareja. Celeste disfrutaba del poder de la libertad y de los caprichos
carnales, jugueteando y ofreciendo como carnada su pureza infantil. Todo era
parte de la maniobra, jamás seria capaz de engañar a su novio, todo era parte
de un plan en el cual el morbo era el principal actor, los hombres incautos las
victimas y los puños de su pareja el arma que permitía obtener suculentos
trofeos. Fue en uno de los asaltos amparados por la sombra de la catedral de
Santiago que decidieron profanarla, mas como un símbolo de poder que con fines
monetarios. Bajo la escalinata, siendo auscultados por ángeles voyeuristas
tallados en roca se besaron por última vez. La hora era la indicada, el cura
estaría en los confesatorios, dejando la parte posterior de la iglesia casi
desocupada, a merced de las manos de su compañero.
-Padre, he
pecado. El morbo y la lujuria se han apoderado de mi cuerpo y pensamientos…- La
voz del sacerdote Gazziero era calma y mesurada, el simpático acento con cual
se expresaba le daba un extraño halo bonachón. No dudó en aconsejarla, creía de
todo corazón que Celeste solo pasaba por un momento débil y el reforzar su
credo la fortalecería y la alejaría del pecado.
-Guárdalo tú.-
El trofeo era un pesado y grueso tomo. El libro tenia un cuidado acabado en la
tapa, la cual parecía repujada en un material similar al cuero. Si bien, no era
un buen botín en términos prácticos, el robo había sido lo suficientemente
importante, lo suficientemente irrespetuoso como para reavivar el fuego
interno. Según lo convenido entre los dos, ella se quedaría con el compendio. Aun
no sabían si se lo quedarían o si lo reducirían en alguna librería de mala
muerte.
La muerte de
Gazziero tomó por sorpresa a Celeste, que no pudo evitar recordar el tono
paternalista del italiano con quien había charlado hace tan solo 3 días atrás. Sentía
nervios, sin saber por que, aun cuando desconocía que el motivo del
degollamiento era un desesperado grito de socorro de un loco que vió como su
tesoro ancestral ya no estaba bajo el sello de protección, mismos nervios que
no le dejaron escuchar con claridad cuando la televisión mencionaba el nexo del
crimen y extraños “cultistas”. No podía evitar pensar que el libro tenía
relación con la tragedia. Necesitaba revisarlo con mayor atención y no solo
observar los dibujos y las extrañas inscripciones para entender que era lo que
realmente habían robado.
Coge una página
al azar, al azar como el caos en que se convertiría su vida. Rotulado bajo el
vago nombre de “Tíndalos” el
versículo es reproducido en la habitación, flotando en el aire transportado por
la cristalina voz. El salmo la funde en el éxtasis, volviéndose la canalizadora
de entendimientos ancestrales, de placeres ancestrales, de dolores ancestrales,
de castigos ancestrales.
Debió ser su
imaginación. Si, de seguro era su imaginación jugándole una mala pasada, pero estaba
casi segura que podía ver ante si algo emergiendo, algo retorciéndose en el ángulo
exacto de la habitación, fue tan impresionante, tan mágico, tan bello, que
olvidó leer el conjuro para atar que estaba descrito, en la página siguiente…
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Cuento escrito para un concurso olvidado, basado en la inventiva de
Lovecraft. Supongo que no fue lo suficientemente gótico e inefable.

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