07/11/2011

La política de la desesperanza

Es difícil creer en el prójimo. Cuando la certidumbre se ha despreciado a lo largo de los años, a lo largo de la historia, cualquier tipo de afiliación es compleja. Si dejamos de lado la individualidad por un momento y aplicamos estos parámetros a un nivel mayor, como es el caso de la estructura de un país, tendríamos que fijarnos inicialmente en el entramado político de la nación. Si bien cada país se desarrolla en torno a una agenda, independiente de su color político, el cronos chileno se caracteriza por retratar desacierto tras desacierto, alineados en una torcida columna gubernamental.

No es solo hacer referencia a suicidios oportunistas, dictaduras cobardes o amnesias temporales. Estos, entre otros actos de ideologización dignos de una tragedia griega, se han sublimado, fueron convertidos en un subterráneo y silente asalto comandado por  la estirpe partidista contemporánea. La figura política ahora vive de errores más sutiles, notorios solo por su cualidad consecutiva. Esto no quiere decir que el país este sumido en un juego sin ley, los estrategas de la maquinaria han adquirido una condición de respeto en torno a desmentidos bien justificados o la típica jugada sucia de hacer notar la paja en el ojo ajeno. Aunque el descontento se ha hecho notorio en la ciudadanía, dentro del círculo superior, dentro del círculo que asuma la facultad gobernante, el desagrado no va mas allá que simples cifras que no logran trascender a la anécdota.

Ante este caleidoscopio de situaciones con las que al menos 3 generaciones de chilenos se ha decepcionado, se puede apoyar e incluso entender la perdida de fe en el panorama ministerial del país. Los rebeldes, quienes creen tener los ojos abiertos, evidenciados según ellos por las manifestaciones y movilizaciones de los últimos 5 años, son el testigo inútil del juicio; son la cara visible del descontento, solo que tristemente, aun siguen creyendo que tras años de choques contra una pared de concreto lograran derribarla. Esta evidencia empírica hace que el resto de la ciudadanía, la que vive con duda y miedo, decida mantenerse en la costumbre, seguirá creyendo, volcando la fe en el candidato de turno, en el alcalde de turno, en el diputado de turno,  en el mentiroso de turno.

De todos modos, no podemos quejarnos, estamos avisados. Después de todo, la representación ciudadana nunca será primera prioridad en el programa administrativo. Antes que tomar cualquier decisión noble y desinteresada, se debe obedecer a los intereses del partido y obviamente a disposiciones personales. Por ende, ¿quien puede culparlos?, es tan solo una cualidad humana que aún no han podido, y no pretenden, modificar.

Edgard Lara T.

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