Conocí
a Candy en los extintos videojuegos de la bajada de Baquedano. Ella tenía doce
años y yo diecinueve. Era una niña humilde y esforzada, con una sonrisa
sincera. Conversamos muchas veces, me contaba sus problemas y yo los míos. Por
meses reímos y nos apoyamos en complicidad hasta que llegó el triste día del
cierre del local. No la volví a ver. Ahora, en el mismo lugar hay un restaurant
de comida china. No puedo evitar recordarla con pena y anhelo; aun no logro
encontrar a alguien que haga mamadas de ese tipo a tan bajo precio.
(Cuento participante de "Arica en 100 palabras", cuento no-ganador de "Arica en 100 palabras")

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