La estación de Metro Plaza de Maipú marcaba en secreto el punto de inicio de los actos que solo Israel Huerta intentaba mantener claros y definidos en su cabeza. Eran las 6 de la tarde con 26 minutos de sobra y como todo viaje en metro, cargaba consigo la cuota de stress habitual. Lo pudo contener casi por completo, era necesario para no levantar ningún tipo de sospecha. Permaneció calmo la mayor parte del tiempo, salvo las veces que el molesto zumbido del altavoz de un celular que transmitía el partido de turno se volvía insoportable y le hacia retorcer sus manos involuntariamente. Poco antes de alcanzar la estación terminal, se encomendó a dios y al diablo y destrabó el seguro de su CZ 9 milímetros. Levanta el arma frente a los pasajeros, invitándolos a contra voluntad a una generosa y grotesca ruleta rusa invertida. El vagón se llena de gritos y confusión hasta que el stress explota en adrenalina.
Jala el gatillo.
La pistola vomita promesas de libertad, fallando algunas veces, acertando en otras. En el piso, junto a un irónico cartel, Mario Acevedo intenta aferrarse a sus últimos recuerdos, las risas del bautizo en Macul, las tardes en el taller entre agujas y géneros, el dolor va borrando rápidamente cualquier signo de memoria, cualquier tipo de signo. A 5 metros, Fernando Oñate se escuda tras los asientos. Casualmente es guardia del metro, le han enseñado que hacer en una situación de riesgo al interior de un vagón: bajar la palanca de emergencia que paralizará al tren. Teóricamente es fácil, pero nada te prepara a las balas en la realidad. Lo intenta. Las ínfulas de mártir acaban de camino al switch, Huerta descarga la ultima munición del cargador en el pecho del mal afortunado guardia.
Silencio. Los gemidos se diluyen en el olor a pólvora, cuando el infierno parece haber sido solo un mal sueño, el asesino hunde su mano en el bolsillo del grueso abrigo y coge otro cargador para reanudar los disparos.
El metro se detiene en estación Plaza de Maipú, las puertas se abren lentamente para exponer la obra de arte surrealista que el sicario deja tras sus pasos. Un hombre corre por su vida abandonando el tren, por un segundo Huerta piensa en llenar de sangre uno de sus pulmones, pero lo deja ir, ahora puede darse el lujo de perdonar luego de haber sido un dios castigador. A paso relajado abandona la estación, el contacto con el aire frío de la superficie desencadena la tormenta en su mente, sobrecargando esa arma mucho más poderosa que cualquier trozo de metal. Apura sus pasos, cruza la calle Chacabuco en dirección a la plaza cercana, una mujer lo escucha murmurar, lo cree un loco de paso, sin saber que al contrario, el hombre cargaba demasiada cordura en si.
El gatillo es presionado nuevamente. Huerta pinta el concreto de la inocente plaza con las ideas opresoras que solo él conocía y que ahora escaparían libres para no atormentarlo nunca más.

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