#ViolentaVida, La columna del Editor

#ViolentaVida

A partir de este mes comenzaré a escribir una columna quincenal en HxC Life. Será un recorrido personal por diferentes anécdotas, opiniones y críticas desde el punto de vista del Editor, no solo en función del trabajo en el sitio y la ”escena”, sino que también del entorno en general.

Los invito a revisarla haciendo clic en la imagen o en el siguiente link: “ViolentaVida”, la Columna del Editor

El sucio glamour de Las Cucardas, el prostíbulo más grande del sur del Perú



Los chilenos no solo cruzan a Perú para comprar ropa pirata, comida de deliciosa factura o pasar un fin de semana familiar. La cercanía y el escaso control de la policía migratoria ha hecho que las fronteras de cada país se vuelvan un corredor para el “turismo alternativo”; por un módico precio puedes conseguir documentos falsos, droga de calidad, títulos universitarios falsos y acceder al siempre creciente mercado de la prostitución. Es en este último punto en donde un nombre llama la atención, un lugar cuya reputación supera cualquier tipo de división imaginaria forjada por rivalidades tontas y guerras añejas: Me refiero a Las Cucardas.

Viajé acompañado de Tuto, un amigo al que conocí hace un par de años en un encuentro literario. Parte de la curiosidad de visitar Las Cucardas yacía en que reconocíamos cómo el crecimiento del turismo sexual en Tacna había puesto a la ciudad en radar no solo para los consumidores, sino también para las mujeres que consideraban al prostíbulo como una opción de trabajo seguro, con mayor control que la escasa seguridad de las calles.

Cruzamos la frontera un día sábado después del mediodía y, al igual que otras veces, hubo que esperar el doble de tiempo por las largas filas que se forman en el control fronterizo Chacalluta. Con una separación de 50 minutos de viaje, Arica, la primera ciudad al norte de Chile y Tacna, la última ciudad al sur del mapa peruano, forjaron una estrecha relación simbiótica; para un ariqueño es más sencillo visitar e invertir en Tacna que cualquier otro lugar de su propio país. La Cámara de Turismo de Tacna estima que el 90% de los visitantes en la ciudad provienen de Chile, alcanzando la cifra de 18 mil turistas en un fin de semana normal. Turistas que, en este caso, demoraban el proceso. Muchos minutos después finalmente estábamos en el bus escuchando Tecnocumbia rumbo a destino.

Tacna es fragante, bulliciosa e inquieta. Sin saber qué podríamos encontrar en nuestra excursión al Night Club, decidimos dar una vuelta por el centro de la ciudad y prepararnos para la andanza. En palabras simples esto significaba comer bien antes de embarcarnos. Tras esquivar a varios jaladores con promociones tentadoras, nos inclinamos por un local que ofrecía Ceviche con “Leche de Tigre” (cóctel afrodisiaco que mezcla el jugo del ceviche, leche, ají y otros aliños, según dicen, indispensable para una visita al burdel), anticuchos de corazón y Pisco Sour de cortesía. Horas después de varias rondas de pisco y cerveza, intentábamos salir de allí sin enredar nuestros pasos.

El tráfico de la ciudad está lleno de Ticos, pequeños taxis blancos que corren como insectos asustados por las calles. Sin saber cómo llegar a nuestro destino, subimos a uno de estos autos.

-Amigo, ¿a las Cucardas?- El hombre mira por el espejo retrovisor y nos arquea las cejas un par de veces en señal de complicidad.
-A “Las Cucas” – sonríe -Vamos, son 10 soles (4 dólares / 800 pesos chilenos).-

Las Cucardas queda en las afueras de Tacna, a 20 minutos de viaje, en un sector denominado Alto Chorrillos dentro del Distrito de Pocollay. Para llegar ahí hay que atravesar un camino sin pavimento y sin iluminación, una boca de lobo que solo muestra los dientes cuando el auto decide alumbrarlos con sus tenues faroles. Varias historias indican que en esa ruta son comunes los asaltos y pseudo secuestros, pero al menos en nuestro paseo nada dio algún indicio de riesgo.

Las luces de neón a lo lejos y posteriormente el ruido ambiental nos dieron la señal: habíamos llegado. A pesar de la distancia el lugar parecía repleto y lleno de vida. Hombres reunidos en diferentes grupos en los alrededores gritaban, reían y se tambaleaban. Bajamos del vehículo para reconocer terreno, fingiendo sobriedad ante el panorama desconocido.

El frontis de ladrillo parecía acogedor, como si fuese un hogar al que se puede ingresar con confianza. Sobre nuestras cabezas colgaba un letrero con la inscripción “Cucas.com”, un link que redirecciona al sitio web de un restaurant de comida mexicana. Probablemente las ganas de tener una página estuvieron presentes, solo quedó la intensión y una extraña forma de publicitar un restaurant ubicado en San Bernardino, California. Sin mayores distractores, decidimos entrar.

En boletería nos cobraron tres Soles (1 dólar). Mientras mi compañero pagaba, un letrero llamó mi atención: “Prohibido tomar fotos o se destruirá la cámara y será expulsado del lugar”.
-Mira, nos podríamos llevar un recuerdo.- Comenté.
-No es mala idea, aunque nos sacarían la mierda y terminaríamos en pelotas amarrados a una piedra en la pampa.- Ciertamente, Tuto llevaba una cámara en su bolso y si bien la idea podía ser tonta, no había que descartarla del todo.

Tras cruzar el umbral, llegamos a un vestíbulo pequeño adornado con una pantalla gigante. Allí, una rubia sintética de Bang Bros se aceitaba el culo esperando la intervención del galán de turno. De fondo logré divisar a medias un extenso corredor, costaba acostumbrarse por la tenue luz roja. Una vez que los ojos se adaptaron, comenzamos a reconocer las formas que se movían por los largos pasillos.

En Las Cucardas el aire es pesado, caliente, como si constantemente estuviese siendo exhalado de una boca gigante, dejando automáticamente la piel cubierta de una fina capa de sudor. A eso hay que sumar el constante olor a orina del ambiente, proveniente de varios urinarios empotrados a vista de todos en las esquina de los corredores. Encajadas también en paredes rojas y divididas en tres largos pasillos, logré contar más de 70 habitaciones, algunas con las puertas cerradas, otras con sus propietarias ofreciendo la “mercancía” en diminuta lencería.

A pesar que la inmigración es un factor importante en el área, Las Cucardas se caracteriza por tener pocas extranjeras trabajando en sus filas. En este caso la diversidad está en las complexiones y edades. Hay mujeres jóvenes y esculturales, pero también se pueden encontrar otras con cuerpos y actitud de mamá, que si bien tienen menor éxito, poseen un tarifario flexible, lo que les asegura uno que otro cliente desesperado. Las sombras del prostíbulo esconden a lo que quieras acceder por el precio correcto. Un par de jóvenes cuyas formas evocan la minoría de edad recorrían el lugar, caminaban rápido y de forma descuidada, como si estuvieran fuera de su hora de trabajo y no fuese necesario aplicar la actitud felina. Intento seguirlas, sólo para perderlas entre el gentío y encontrar a un cliente dejando un rastro de meado en una de las paredes del lugar.

Paseamos como familia visitando el Mall hasta que nos topamos con una fila que atravesaba el pasillo. Formados frente a una puerta, cerca de 10 hombres esperaban pacientemente su turno de atención. “La Secre”, como la bautizaron sus amigables fans, se paseaba desnuda entre la gente, moviendo sus caderas al ritmo de la música ambiental. El apodo, creo, es por las gafas y tacones que llevaba, únicas partes visibles de un atuendo que probablemente le hacía lucir como una secretaria. Su performance improvisada, mientras esperaba que la habitación se ventilara, sacó aplausos de los clientes y miradas de envidia de sus vecinas.

-¿Qué tal ella?-
-¡La mejor!, ¡la mejor! Pero hay que llegar temprano, sino está muy usada.- El último en la fila era un entusiasta chileno que parece ser asiduo del local.
-¿Qué incluye?-
-Primero te lavan, con alcohol gel. Después te lo chupan, el tiempo justo y necesario. De ahí partes a lo perrito, después se te sube encima, te cabalga un rato y eso. Lo malo es que algunas se quejan mucho, muy falso. Pero esta no, ¡esta es filete de primer corte!-
-¿Por cuánto rato?-
-Es hasta que acabes cariño.- interrumpió “La Secre” con sus tetas cubiertas de sudor. En realidad el servicio dura 20 minutos, máximo media hora si congenias. Pero la ilusión de eternidad vende bien.
-¿Con condón?-
-Todo es con condón papito.- Me miró con cara de falsa ternura, como cuando le tienes que negar la segunda porción de helado a un niño.
-¿Y si te pago un poco más?- Tras la insistencia se volvió seria, una secretaria real.
-Todo es con condón.- No transó. Esto es por la “fama” del ariqueño. Según un balance hecho el año 2010, Arica tiene el record histórico en Chile de mortalidad por Sida. La opinión pública dirige sus dardos hacia Tacna y el boom de los galpones de comercialización del sexo, pero nada establece una medida exacta sobre cuánto de este contagio realmente los condecora como los culpables. Lo único realmente claro es que, según datos del Ministerio de Salud, hay un 10% más de mujeres infectadas con VIH en Arica que en lo que resta del país, sumándole a esto el preocupante record de tener la tasa más alta de contagio entre los 10 y 19 años.

Tuto se perdió por unos minutos; según él, fue a “entrevistar” a alguna de las mujeres en privado. Caminé hacia el fondo del prostíbulo. Allí, en un área un poco más amplia, hay un bar y un escenario con varias mesas dispuestas para contemplar el show. Compré otra cerveza para ver el espectáculo Una de las chicas bailaba manoseando la barra, apretándola entre sus piernas como una culebra constrictora al compás de Lithium de Nirvana. Pierdo el sentido del tiempo hasta que alguien gritó mi nombre. Entre las luces divisé un rostro conocido. Sebastián, un ex compañero de universidad. Se tapó la cara a modo de broma para que no lo reconociera, luego me abrazó de forma efusiva. Según me contó estaba ahí para desquitarse después de una ruptura amorosa de muchos años. Decidí acompañarlo tras su cuarta conquista de la noche.

Antes de emprender la nueva búsqueda descargué el líquido acumulado en un baño que, por su apariencia, lucía como el lugar donde irían a mear las criaturas de Silent Hill; suelo húmedo, paredes descascaradas, hierros oxidados y los inconfundibles estertores diarreicos de las casetas contiguas, todo dispuesto y ordenado como un pequeño infierno personal. Tras salir caminamos con el olor a mierda impregnado en la nariz, hasta que nos topamos con Tuto acomodándose los lentes, saliendo de su “entrevista”.

-¿Y? ¿Qué tal?-
-No, mal. Condiciones de esclavitud... Terminamos y se puso a mear delante mío, luego usó un lavatorio de metal para lavarse.- Los angostos cuartos poseen lo estrictamente necesario: una cama circular que abarca gran parte del espacio y un pequeño estante donde las mujeres pueden dejar sus útiles de aseo y los condones que usarán los clientes. No hay espacio ni voluntad para un baño privado, así que deben improvisar. A pesar de las dudosas condiciones higiénicas, para los clientes no existe comparación con el mercado sexual ariqueño, en dónde la sesión “barata” de sexo triplica en precio a los escasos 25 soles (7 dólares/ 5 mil pesos chilenos aproximadamente) que cuesta encamarse en Las Cucardas.

Tuto decidió intentar con las fotos. En sus palabras, sólo había que ser rápido y pagar algo de dinero extra. Emprendimos un nuevo peregrinaje para encontrar a la candidata ideal. Así descubrimos a Martina, una robusta y simpática joven de portaligas blanco. Le explicamos vagamente la idea y a pesar de la reticencia inicial decidió aceptar. Antes de entrar se detiene junto a mí, levanta el culo para que le de una nalgada como señal de partida y carcajea coquetamente. Tras cerrar la puerta alcancé a escuchar a medias un grito de Tuto.
-¡Entrevista una tú!-

A lo lejos Sebastián estaba en plena cruzada personal, preguntando puerta por puerta las características y servicios especiales de las señoritas desocupadas. El ciclo irrompible de andar en círculos por aquel purgatorio se volvía cada vez más mecánico, así que aproveché el clima de consulta para escoger una puta al azar y acercarme.

Opté por una joven delgada, de rasgos duros y maquillaje oscuro que esperaba sola en su umbral con señas de estar aburrida. Al notar mi presencia automáticamente comenzó a jugar con los bucles de su pelo, reaccionó demasiado lento en poner en marcha su fingida dinámica de seducción.

-¿Quieres entrar aquí conmigo?- Apenas alcancé una distancia prudente, me jaló de la barba para acercarme mientras que con la otra mano me estrujaba la entrepierna sobre los jeans.
-No vas a encontrar nada ahí…-
-¿Y el pajarito?-
-El pajarito se fue volando hace rato con tanta cerveza.- Se molestó al no poder conseguir un cliente útil. Ciertamente el alcohol y la irrigación sanguínea no son buenos amigos.

A partir de ahí iniciamos un patético juego de preguntas y respuestas. Se llamaba Bianca, es de Cajamarca. Tiene 19 años, está allí para ayudar a su familia y si pudiese dejaría de trabajar en aquello pero la paga es buena y los chilenos parecen tratarla bien. Se notaba que estaba mintiendo, aunque su trabajo se trata de eso. Me guio por el discurso clásico ideado para persuadir, para que, a pesar de los inconvenientes, genere empatía y termine pagando por un intento fallido de follármela en su habitación de 3 x 3. Cuando descubrió que el trato no llegaría a buen puerto decidió ignorarme, mirando un punto indeterminado por sobre mi hombro, esperando a que llegue el indicado.
-Hablas mucho y disfrutas poco…-
-¿Qué?-

Tuto reapareció con actitud sigilosa, me hizo un gesto con la mano para disipar mi cara de idiota o quizás para indicar que su trabajo produjo resultados. Reaccioné.

-¿Cómo te fue?-
-No se me paró…-
-No gueón, con las fotos.-
-Bien, costó más caro pero tengo dos. Estuvo pendiente de la puerta todo el rato, si nos pillaban le podía ir mal a ella también. Así que preferí no arriesgar.- De inmediato decidimos marchar. Caminamos lentamente rumbo a la salida.

Sebastián parecía haber encontrado a su cuarta compañera de penas; se decidió por una Venus Williams de la Sierra que combinaba muy bien con su estatura. Me despedí mientras ella lo guiaba tiernamente de la mano rumbo a las penumbras, al vacío. Al mismo vacío por el cual nos habíamos paseado toda la noche. Observé a Bianca a lo lejos, tenía un par de buitres revoloteando pero ninguno se acercaba lo suficiente, la obligaban a seguir esperando por algo que sabemos jamás llegará.

El pasado 10 de septiembre Antonio “Cholo” Meza, dueño de Las Cucardas, falleció en un accidente de motocicleta. Murió en la carretera mientras regresaba de Lima a Tacna, tras haber cumplido una breve condena por obligar a dos menores de edad a prostituirse en su acogedor antro sexual. A pesar de todo pronóstico y de las especulaciones, la actividad de Las Cucardas cesó, despertando incertidumbre en ambos lados de la frontera. Pero bastaron solo un par de días para que Las Cucardas dejase atrás el duelo y volviese a cumplir con la labor de llenar aquel vacío con su sucio glamour.

Edgard Lara T.

La Moral de los Buitres, crónica sobre el bombazo en barrio Yungay



Ocurrió minutos después de la 1 de la madrugada. Fue un estruendo seco, amortiguado por el concreto, pero lo suficientemente fuerte como para hacer vibrar los cristales. A esa hora el acostumbrado zumbido ambiental de Santiago es inexistente, por lo que se escuchó sin ningún tipo de interferencia.

El ruido interrumpió mis actividades y al igual que Eric, uno de mis vecinos en el cité, salí al pasillo a ver qué pasaba. Un día antes, trabajadores de la empresa de gas hicieron reparaciones frente a la casa por una supuesta filtración. La poca destreza de los obreros provocó que casualmente intervinieran cableado eléctrico; el resultado fue un corte de luz que no se resolvió hasta un par de horas después. Miré a Eric e inmediatamente pensamos en la tubería de gas. Cogí mi cámara como acto reflejo y decidí salir a la calle en pijama, a buscar la fuente de la explosión.

Al notar que no había tales obreros, sino puestos de trabajo vacíos, comencé a caminar por García Reyes, en dirección Norte. De la puerta de mi morada hasta la intersección con Erasmo Escala hay tan sólo 50 metros, así que llegar hasta ahí tomó máximo un minuto. Había olor a pólvora en el ambiente; apuré mis pasos acompañado de vecinos que al igual que yo salían a saciar la curiosidad.

Doblé en la esquina, ví un bulto en llamas junto al muro, le tomé un par de fotografías sin saber qué era. Hacia el oeste, en la intersección de Erasmo Escala con Cueto, habían autos detenidos. Uno de ellos era un vehículo de Carabineros que formaba una barrera improvisada para retener a la multitud curiosa. Comencé a acercarme bordeando la vereda del frente, disparé nuevamente a lo que a mi juicio parecían bolsas de basura quemadas. El murmullo de la gente era generalizado, no se podían diferenciar palabras entre los chillidos de nerviosismo e instrucciones lanzadas al aire. Una corta frase cambiaría aquella condición.

Un tipo me grita desde la ventana del segundo piso de la vivienda frente al lugar del estallido. Entiendo perfectamente lo que dice, pero no puedo asimilar su mensaje.

-Hueón, ¡es una persona!- Intenté observar mejor, pero el lugar es oscuro. Quedé congelado sin poder actuar frente a ese bulto que comenzaba a moverse mecánicamente bajo las llamas. Un ebrio que se coló por un costado de la barrera, se acerca y vocifera:

-¡Los pacos culiaos no quieren hacer nada, se está quemando hermano!-
- Apáguenlo, es un ser humano, ¡traigan agua, por favor!- De fondo escucho los gritos de Eric; su petición se pierde entre tanta confusión.

Reaccioné. Me acerqué para intentar ayudarlo, estaba recostado sobre su lado izquierdo, respiraba con espasmos, moviendo el torso y su cabeza envuelta en fuego. Un Carabinero que no había notado, me salió al paso. Pensé en esquivarlo, pero se para casi frente a mí.

-¡No te acerques, tiene otra bomba y puede explotar en cualquier momento!-

Me obligó a alejarme, noté como a mis espaldas más civiles intentan socorrerlo, corriendo la misma suerte. Traté de acercarme nuevamente, solo para toparme con otro uniforme verde y el recurrente “No puedes pasar, no te acerques”.

-Pero hay que hacer algo, usa tu cabeza, tonto hueón.- Me ignoró, tomé dos fotografías más mientras me obligaban a volver mis pasos hasta la esquina. Una veintena de colombianos residentes de un edificio aledaño también son retenidos, se suman al clamor, intentando provocar alguna reacción humanitaria en la policía. Los prolongados minutos pesan en la garganta.

La gente sigue gritando por ayuda, pero la ayuda no llega.

Carabineros rompe sus filas y se acerca al herido cargando un extintor, siempre guardando una distancia prudente. Una generosa descarga de polvo químico envuelve su cuerpo, sofocando la pira. Inmediatamente los uniformados se repliegan a su cómodo punto de resguardo, siguiendo lo que según explicarían más adelante, “es parte del protocolo”. Miramos en silencio mientras otro policía explica que había un segundo bolso en la zona y acercarnos significaba ponernos en riesgo. Desconozco si tal bolso era real, no recuerdo haberlo visto. De todos modos la miopía y el nerviosismo podrían haberme jugado una mala pasada. Noté que estaba descalzo, decidí volver para remediar aquello.

Antes de regresar a la calle veo que la puerta de Eric está abierta. Estaba frente a su computador, revisando una grabación que hizo del momento en que socorrieron al sujeto.

-Yo no hago estas cosas, esta no es mi pega- Eric es fotógrafo, se gana la vida vendiendo impresiones de su trabajo. Está visiblemente afectado por la situación.
-Hueón no, míralo, ¡está respirando!- Palmoteo su espalda para calmarlo. Observamos la pantalla juntos, revivimos el dolor basados en convulsiones ajenas.

De vuelta en la calle, el rango de acción había sido ampliado sin dejar un ángulo que permitiese visualizar el lugar. Aprovechando que la cinta amarilla que delimitaba el perímetro había sido cortada por un vehículo oficial, me acerqué. La ambulancia había llegado, paramédicos de chaleco verde reflectante atendían al hombre en el suelo. Eso daba señales que aún estaba con vida y de que no hubo un segundo explosivo. Tomo la última fotografía.

Un funcionario de Fuerzas Especiales con el nombre oculto bajo su chaleco protector, me pidió retroceder nuevamente tras la endeble cinta institucional que había sido restaurada. Los transeúntes aprovechan la oportunidad para increparle la demora en la atención médica. Ciertamente eran las 1:55 am y el herido continuaba tumbado en el concreto.

-Descartamos que hubiese un segundo aparato y ahí recién le dimos pase a la ambulancia. Hay un protocolo.-
-Entiendo, pero igual es fuerte ver al tipo moviéndose en llamas, que nadie haga nada y que tampoco dejen apagarlo. Si te pones en mi lugar te sientes impotente…-
-Te doy un ejemplo, un día nosotros transitábamos por Vicuña Mackenna. Habían atropellado a una persona, estaba lleno de sangre por todos lados. Llegó un peatón que lo quería ayudar, lo tomaba, se manchó por todas partes. Yo le pregunté “¿Tú sabes quién es? ¿Lo conoces? ¿No? ¿Tienes guantes quirúrgicos?“ ¿Me entiendes? Eso es. Por eso hay que seguir un protocolo.-

La intersección de Erasmo Escala con García Reyes se había convertido en un improvisado set de televisión. Sobre los containers que sirven de oficina momentánea para un edificio en construcción, se habían instalado las cámaras de TVN y otros canales. Observaban desde el cielo como aves acechando la presa, esperando el fallecimiento para perpetuar su naturaleza. Un notero bien peinado y con terno impecable repetía a modo de ayuda memoria las palabras que diría en su próximo despacho en vivo. Tres minutos después, la ambulancia emprendía su carrera entre paneos coordinados. Carabineros da aviso de una nueva ampliación en el perímetro, era la señal de que había que abandonar la calle de forma definitiva.

*

No pude dormir sino hasta cerca de las 8 de la mañana. Desperté adolorido, como si mi columna hubiera sido estrujada durante horas. Junto a la confirmación de la identidad del desconocido, hago la revisión rutinaria de Internet. En mi bandeja de entrada de Twitter, tenía un par de invitaciones “periodísticas” gracias a mi calidad de testigo. Uno para el programa de televisión de un charlatán de apellido Copano y el otro para un programa de radio que anima el chascón que intenta ser divertido en los comerciales de Pepsi. Decidí ignorarlos, al igual que los insultos de otros usuarios de la red social que juzgaban sin conocer los sucesos de la noche anterior.

Agoté el día hablando con vecinos, buscando respuestas. “No, no hubo cajita con luces”, “los pacos no resolvieron todo, tal como un sonriente testigo de capucha blanca salió declarando en despachos televisivos”, “no pudimos hacer nada porque había otra bomba”, eran comentarios recurrentes. Con un poco más de calma en el cuerpo, conversé con el hombre que gritó en la ventana del segundo piso, me atiende desde el mismo lugar.

-Tengo cámaras apuntando al frente, alcancé a ver el video antes que Carabineros se lo llevara- Según la descripción que entregó, Sergio Landskrom venía corriendo, se detuvo por un momento y luego vino la explosión. Las cámaras tienen un punto ciego que le impidió ver el detalle de lo que vendría después.

Repetí la ruta de la noche anterior, esta vez sin que me detuvieran. El acordonamiento había sido levantado. La calle lucía igual que en un día normal, salvo por una mancha de sangre diluida en agua y la presencia de trozos pequeños de carne fundida a lo que parecían ser fibras sintéticas. Los restos estaban repartidos en los pastizales que crecen frente a la Zona Cero.

Las diferentes voces entregan sus testimonios sin tener que exigirlo. Había mucho por contar y pocos medios con disposición real de escuchar.

-¿Sabes qué me llama la atención? Los pacos que llegaron primero eran de la 21° Comisaría ¿Cómo llegó tan rápido una patrulla desde allá?- Uno de los residentes que había reclamado por la demora en la asistencia médica hace hincapié en ese detalle. Efectivamente, la 21° Comisaría queda a 2,08 km del lugar, mientras que la 2da Comisaría queda a sólo 10 cuadras, son considerables minutos de diferencia.
-Además no tenían extintor, eso fue lo peor. Los de la 21° tuvieron que esperar los refuerzos que mandaron de la 3ra para apagarlo. Cuando llegaron no lo hicieron al tiro, sacaron y guardaron el extintor dos veces antes de proceder. Estaban indecisos, no sabían qué hacer. Tenían miedo.- Mientras la noche comenzaba a dar sus primeros mordiscos, logré un pequeño avance. El misterio de la temprana presencia policial es parcialmente resuelto al conversar con la dueña de un restaurant cercano.

La pollería “Yahaira” está ubicada en Cueto con Moneda, a una cuadra del lugar del suceso. La mujer me explica que Carabineros acostumbra comprar papas fritas allí, para luego comerlas en el vehículo policial que estacionan frente al local.

-Anoche, cuando sentí la explosión, corrí porque pensé que había sido en la casa de la esquina, ahí vamos a poner otro local, uno de mariscos. Salí y la patrulla estaba estacionada aquí afuerita, quizás habían comprado algo.- Al parecer la necesidad de hambre fue más grande y puso a los uniformados en el lugar y hora exacta para fallar.

*

La mañana del 26 repito el ritual. No entiendo por qué, pero vuelvo a la escena. En esta oportunidad veo a tres funcionarios de Labocar (Laboratorio de Criminalística) haciendo peritaje a un árbol cercano. Les indico dónde quedaban pedazos de carne. Me dan las gracias con un tono sarcástico, dando a entender que ya los habían recogido. Me retiro mientras un par de colegialas se sacan una selfie usando como paisaje de fondo el lugar del bombazo.

*

Eric, quien imprimió una foto del hombre en llamas para ponerla en exposición, estaba feliz. Logró “vender” su video a Karim Butte de Chilevisión, lo intercambió por una entrevista y una mención a su trabajo fotográfico.

-“El artista que se volvió Reuters”, así podrían titular la nota. Será una primicia del canal y un acierto periodístico. No sé qué voy a hacer, mi Facebook no va a dar abasto para tanta gente.-

Me siento al computador. Reviso los últimos insultos. Leo una nota simplona en “El Ciudadano” que critica la crueldad en torno al caso. Paradójicamente todos los medios se beneficiaron cosificando una desgracia.

Vuelvo a la calle. Ya no hay nada, sólo cemento. Sigo volando en círculos buscando respuestas sin solución, buscando carroña.

No la encuentro.

Al final del día sólo queda asumir que todos nos alimentamos de ese cadáver humeante.
Debemos asumir que de una u otra manera, todos nos volvimos buitres.

Edgard Lara T.

Moxa Uma y el fin del Carnaval



Brandon está molesto pero su edad aun no permite que aquello sea tomado en serio. Reacomoda nervioso el traje de Caporal que su abuela le puso mientras aún estaba dormido, intentando calzar el diseño del bordado del pantalón con el de la faja que cubre su cintura. Después de 10 meses de ensayo ya está listo para la primera presentación junto a su grupo, Moxa Uma. Una vez al año y durante tres días consecutivos, Arica se sumerge en los festejos del Carnaval Andino Inti Ch’amapi (“Con la Fuerza del Sol”). Mitad exhibición, mitad concurso, el evento cita a numerosas agrupaciones de baile que exponen su arte en largas jornadas. Brandon aprieta en su mano el desgastado papel del horario de aparición, su comparsa será la encargada de cerrar el espectáculo, comenzando -según el esquema- a las 2:33 de la madrugada. Son las 2 y aún sigue en el comedor de su casa.

A pesar de la hora, el Parque Brasil está vivo, en él descansan los participantes que esperan su turno. En cifras de la Municipalidad, el kilómetro y medio del itinerario que atraviesa el centro de la ciudad es recorrido al menos por 6 mil bailarines, los que se hacen acompañar por 3 mil músicos aproximadamente. Mientras Brandon se pone al tanto de las modificaciones en la agenda -lo que finalmente retrasaría por horas su salida-, el parque se presenta como una buena opción para matar la espera. Elías, uno de nuestros acompañantes, intenta conseguir marihuana de manera infructuosa, su tenacidad hace que involuntariamente nos mezclemos con las comitivas restantes: Un par de platilleros repasa su rutina mientras descansan en el pasto, una agrupación de afrodescendientes pre-calienta de cara a su pronto paseo, bailarines de Tobas revisan que las plumas de sus trajes estén en perfecta condición; todo se perfila de cara al último asalto de la avenida Máximo Lira.


Este encuentro de tradiciones nace el año 2005, mezcla de dos desfiles independientes organizados por la Confraternidad de Bailes Andinos de Arica “Inti Ch’amampi” y la Federación de las Artes Indígenas Kimsa Suyu respectivamente. Dichos pasacalles fueron potenciados por la Municipalidad, quienes visualizando el atractivo turístico “ayudaron” a convertirlo en lo que es en la actualidad. La decisión no quedó exenta de polémicas. Remontándose a los noventa, existía una proto - versión del evento llamada “La Ginga”. Allí se replicaba la fórmula brasileña, en dónde además de las presentaciones originarias, intervenían carros alegóricos, pseudo escuelas de Samba y disfraces de diversa índole, lo que generaba una mayor inclusión de las poblaciones y juntas de vecinos.  Estas diferencias han creado bandos que intentan reivindicar la participación ciudadana, mientras que otros, colgándose del punto de inflexión, sacan a relucir la xenofobia, señalando erróneamente que las tradiciones expuestas pertenecen sólo a Bolivia y no a la zona en general.

El sueño y el desgaste de dos días previos de presentación le doblan la mano a nuestro bailarín preadolescente, decide descansar en el vehículo que nos llevó al lugar. Nos encomiendan la misión de despertarlo cuando Moxa Uma tenga luz verde: un par de horas que pueden pasar volando en circunstancias como la presentada.



Carritos sangucheros, parrillas con choripanes humeantes, y La Picá del Chino que tienta a lo lejos, el comercio de Arica se transforma durante las tres jornadas. Lo que en día normal permanece silente y deshabitado, se torna un sistema complejo ideado para satisfacer al consumidor noctámbulo. Lo mismo pasa con los locales establecidos, habitualmente se escuchan las quejas por sus horarios laxos, en cambio durante la época festiva estos funcionan a la perfección. Paradójicamente Elías no encuentra quien le venda hierba. Se pierde nuevamente entre la gente intentando agotar sus últimas posibilidades, lo esperamos junto a un carrito de completos por más de una hora. Vuelve con las manos vacías. Los bacallos están muy caros, dice. Economía de Carnaval al parecer.

Caminamos de vuelta, los bronces de una banda alertan a lo lejos. Apurando la caminata descubrimos que a 5 minutos de las 5 de la madrugada, Pendek’s Band, el conjunto de 70 músicos orureños que guiaría los pasos de Moxa Uma, ya decretó la partida. Divisamos a Brandon bailando algo confundido, aun así intenta coordinar los saltos y giros de la dinámica que recién comienza. El compás del bombo se refuerza con las pisadas y el cascabeleo de las botas. Los gritos de ánimo espabilan la borrachera de los transeúntes. Tácitamente nos ponemos de acuerdo e improvisamos una procesión, siguiendo los pasos del grupo que inicia su cruzada personal por mantener viva la tradición.


El Caporal tiene poco tiempo de vida si lo comparamos con otras danzas folklóricas. La disciplina fue presentada en Bolivia hace tan sólo 45 años por los hermanos Estrada Pacheco, ellos extrajeron el personaje principal de la Saya -danza afro boliviana- y generaron una nueva disciplina con códigos y movimientos específicos. El “caporal” representa al capataz que tenían los esclavos negros durante la Colonia. Con el transcurso del tiempo, esta figura se fue occidentalizando, adquiriendo una connotación más elegante y aburguesada. Ejemplo claro de esto es la evolución de la acompañante femenina del Caporal, quien en sus comienzos representaba de manera simple a la chola afro, pero que en las circunstancias actuales maximizó su gracia con polleras cortas y otros elementos del vestuario que explotan la coquetería. Si bien la opulencia demarca las directrices del baile, esto no se suscribe a la realidad de las agrupaciones, en donde muchas veces el dilema monetario los mete en aprietos.

Inti Ch’amampi, además de ser un imán para turistas, es una competición. Mientras que la página de Radio Bio Bio tasa los premios que la Municipalidad entrega en 130 millones de pesos, la suma real no sobrepasa los 60 millones. Este fondo es dividido en 8 categorías, en las que se galardona a los tres primeros lugares; por lo tanto ningún premio entregado sobrepasa los 4 millones. En términos prácticos esto no significa mucho, un bailarín promedio de Moxa Uma debe costear, sólo para instancias del carnaval, 120 mil pesos en la compra del traje y 60 mil pesos para arrendar los servicios de la banda que musicalizará la presentación. Considerando la cantidad de integrantes (90 en la presentación de este año), la agrupación debe desembolsar al menos 16 millones 200 mil pesos. A eso se le debe adicionar que los trajes se deben renovar cada año y en algunos casos, como sucede con el bello uniforme verde con detalles en tela reflectante que se luce por las calles de Arica en estos instantes, deben ser adquiridos forzosamente fuera del país. No es algo rentable, pero el espíritu y el amor por la disciplina están por sobre cualquier otra cosa.

La noche se va quedando corta al paso de la comparsa,  tras ellos la ciudad se va deshaciendo en silencio. Las pausas para descansar cada vez son más reiteradas porque ya no existe la presión de tener a un grupo pisando los talones. Brandon pide agua, mientras lo asistimos y lo alentamos a continuar, un grupo de compañeros de baile discute. Al parecer alguien había errado los pasos con demasiada frecuencia. Los ánimos se caldean, la presión y el desgaste pueden jugar en contra, tras un par de empujones y una sonora cachetada el grupo completo decide intervenir. No existe tiempo, ni espacio para diferir opiniones, hay que reanudar el paso.


Tras rebasar la catedral San Marcos y completar el descenso por la avenida del mismo nombre, Moxa Uma enfila en la recta final adornada por dos estandartes del sándwich en promoción de McDonalds. Siete de la mañana, el sol comienza a dar señales de presencia, los gritos de guerra y el confeti explotan bajo El Morro. El agotamiento y el sacrificio pasan a segundo plano, el trabajo de un año se resolverá en 10 minutos de presentación frente al jurado que aún se mantiene en su palco preferencial. Dando lo mejor de su parte, y en un ejercicio de precisión, la cofradía logra romper con sus propios límites, finalizando su presentación de forma impecable. Cansados pero sonrientes, deciden continuar la fiesta inclusive tras haber sido evaluados, sin la necesidad de saber los resultados finales. La Pendek’s Band se suma a la fiesta; “toda la gente va preguntando quienes somos, somos la mejor banda de Oruro”.

Pacos con buzos color verde musgo flanquean las calles, desalojando a los presentes. Un nuevo día comienza y el orden es necesario. Brandon nos abraza con su traje empapado, nos pide abandonar la explanada para reposar el cansancio evidente, le hacemos caso, no necesitaba conocer los resultados del concurso, la experiencia ya significaba una victoria no sólo para él, sino para la mayoría. La prensa no se hizo esperar, la primicia ya había sido disputada, finalmente se anunció quien, según su categoría de baile, tendría el mencionado estímulo monetario. El primer lugar de los Caporales recibió $3.756.897, el segundo $3.356.897, mientras que el tercero se llevó $3.006.897.

Moxa Uma quedó en cuarto lugar.



Edgard Lara T.


[Narrativa] Más Allá de las Letras



Cuando lograste cumplir el primer sueño de tu madre, escribir un libro, te sentiste inmortal. Es fácil sobresalir con tanta gente siendo así de repetitivos al momento de plasmar ideas. Fue así como gracias al roce social diste con este taller y este grupo de autoproclamados escritores. Hace un par de meses asistes, sin encontrarle mucha utilidad. Lo haces para reírte de los novatos y sus intentos de estructurar buena narrativa; es común toparse con cuentos de aventuras escolares, redactados para ensalzar y exteriorizar el ego del narrador en función de la ficción, textos saturados de adjetivación innecesaria y por sobre todo, el convencimiento firme que facturar dos páginas de Word ya les permite vanagloriarse con el titulo de escritor. Casi tan absurdo como mezclar Pisco, Coca-Cola y Ron. En el otro extremo están los viejos, todos con sus esperanzas puestas en las últimas migajas del platillo editorial, esperando encajar en los rápidos tiempos actuales con remembranzas de un pasado mejor.

En medio de este odioso fuego cruzado está la que se ha convertido en tu motivo de entretención e interés en las últimas reuniones. No vas a mencionar su nombre porque te puedes exponer, pero sabes que en el fondo la piensas más de lo necesario. Hoy te pareció más linda, su cabello negro se posaba suave sobre sus hombros desnudos. Ella hace más agradable las tardes de mala lectura que ofrece el lugar.

 Extintas las primeras declamaciones, se levanta de su lugar junto a ti, camina hacia los servicios higiénicos. Cuando pasa te toca el hombro, está casada y tiene críos, se nota, pero tú estas gordo y eso no te importa. La imaginas en cuclillas en el baño, tensando su concha peluda sobre la helada taza. Juegas con sus lentes, solo por tocar algo de ella. Vuelve, sonríe cuando te ve, los usas para parecer simpático, bromeas sobre el aumento y ríen al respecto. Un pendejo que escribe sobre lesbianitas Disney intenta impresionar al auditorio con su intento de aproximación al amor y erotismo sin barreras. A ti te parece un patético intento de llamar la atención. Tú podrías escribir algo mejor, tú podrías escribir algo mejor para ella.

Suena su celular, la lectura se interrumpe por unos segundos, continúa cuando contesta en voz baja. La llama el hijo y a ti te produce empatía. Podría ser tu hijo. Mientras habla juega con las gafas. No, no juega. Las arregla. Las limpia. Limpia tus grasientas huellas digitales macadas en el cristal. Te incomoda, secas el sudor de tu frente en constante crecimiento, te acercas amigablemente a ella para parecer natural, para enmendar tu error, inventas algo que mirar sobre su escritorio, te ignora, vuelves a tu estado anterior. Hace calor de pronto, cuando chico se burlaban por que te sonrojabas por todo, así te sientes ahora, tu rostro rojo acusa las sensaciones. Sigue ignorándote, exhala sobre el vidrio para que el vapor lo humedezca. La imaginas respirando aire caliente sobre tu verga, cuando te la chupa dulcemente mientras te mira a los ojos. En tu fantasía romántica follan y después duermen abrazados, desnudos en la imperfección, escuchando música, tu música. No es joven, ni metalera, pero te podrías enamorar.

Un anciano lee sobre un dinosaurio perdido en una de las cuevas del Morro, en otras circunstancias eso te parecería tedioso, pero ahora tu atención esta en otra parte. Cuando el viejo cumple con su labor, ella te mira automáticamente y hace una mueca de asco demostrando que también le pareció ridículo el escrito. Nuevamente están en sintonía. Es una lástima que aún no sea tu turno para brillar por sobre todos estos pelmazos. No puedes hacer nada más que esperar.
Por segunda vez el teléfono fractura el ambiente y también tus esperanzas. La llama su hijo nuevamente. No sabes si es él o quieres que así sea. Que sea él y no el hueón que se la pone todos los días y que ni siquiera escribe.

Se va. Cagaste. Le tocas el brazo tímidamente cuando se levanta, no se despide de ti de forma individual. Una vez ausente haces una broma machista para reafirmar tu dañado género, pero sabes que en el fondo eso no te va a sacar de tus tiernas ansias de romance. Te sientes patético cómo el resto, igual que este montón de amateurs. Pero no lo vas a demostrar.

Comienzan a leer el siguiente cuento, es más crudo, habla de picos. En el taller están todos obsesionados con el pico, picos y tetas. Muerte. Sangre. Sexo. Incesto. Violación. Lo usual, nuestra zona de comodidad. Nuestra zona de seguridad.

Lástima que esto no distinga rostros, al final del día todos están condenados a lo mismo. Tendrás que volver a la soledad de tus pajas frías, sin amor y que la escritura aun no puede, y no logrará solucionar jamás.

El fallo y el chauvinismo imberbe de unos cuantos


El desayuno y los minutos previos al medio día estuvieron acompañados de aquel  mantra recitado por un juez eslovaco de mirada poco organizada. Afuera el sol seguía quemando el concreto al igual que todos los días, la única diferencia era que ese cantico monótono se había vuelto un  rumor general que se colaba de cualquier aparato electrónico. Una vez que la televisión, la radio e internet anunciaron la resolución del juicio todo pareció quedar suspendido, algunos preguntaban, como si fuera un partido de fútbol, “¿quién ganó?”, otros puteaban por no tener muy claro el retrato, mientras que la gran mayoría decidió seguir con sus acciones cotidianas.

Las calles de Arica por lo general están vacías, hoy el panorama desértico se maximizó y se extendió hacia lo urbano; a esa hora sólo crucé camino con un perro solitario que vagaba en rumbo contrario.  Me detengo en un almacén del barrio, la encargada revisa la cobertura que uno de los medios capitalinos le daba al evento. Chilevisión mostraba un mar de personas molestas que amenazaban con hacer justicia con sus propias manos. -A la gente le interesa el destino de Chile, están viendo lo de la soberanía.- comenta la dueña del local mientras me entrega una botella de agua. –Ahora no vamos a poder ir a la playa.- Agrega entre risas. Le devuelvo la sonrisa y me retiro confundido por ese despacho televisivo de planos muy cerrados que exponía lo que parecía ser una turba de ariqueños furiosos. Decido entonces partir rumbo al centro de la ciudad no sólo para experimentar cómo se vive el día en que Chile perdió un pedazo de mar, sino para ver cómo se había alzado, lamentablemente, una suerte de activismo de la ignorancia.

Al contrario de lo que el clima periodístico dicta, Arica no se había vuelto un campo de batalla, el desarrollo de las actividades comerciales seguía de la misma manera, aunque con menos población activa. Mientras el colectivo perfilaba rumbo al centro de la ciudad, un despacho hecho por radio Cooperativa se coló por los parlantes. Zoila Bustamante, Presidenta y representante de los Pescadores Artesanales de Chile -quien no reside ni trabaja en Arica- reclamaba sobre el  inmenso daño que la millas perdidas le hacían al trabajador ariqueño, en sus palabras,  ahora se perdería la pesca del tiburón, bacalao y la palometa.  Su efusivo discurso dejaba de lado detalles tan simples como que en la delimitación final el 90% de los recursos explotables están en las millas que pertenecen a Chile, que el tiburón, el bacalao y la palometa se pescan a tan solo 50-60 millas mar adentro, en dirección Sur a Arica, y el detalle más importante, que la zona en disputa, gracias a la ley de pesca, pertenece y es explotada exclusivamente por Corpesca, división pesquera del grupo Angelini.

La alarma del colectivero se activa ante las palabras de la dirigente -Lo que se ganó con sangre y muerte no se puede regalar amigo, tamos mal ahí. Yo trabajo en el mar también, una milla es caleta, son 1250 kilometros.- Aclaraciones aparte, una milla náutica en realidad es un 1 kilometro y 852 metros, intento aportar a la discusión pero un pasajero alarmado interviene e interroga al chofer. Hablan por un par de minutos hasta que el hombre al volante expone su plan a futuro -No importa, igual vamos a demandar al estado, pa’ ver si sacamos algo de plata.-

El panorama a través de las redes sociales era igual de retrogrado, mientras un niño jugaba a ser astuto posteando “no soy hermano de ningún peruano hijo de perra” para intentar ganar aceptación entre sus pares, otros tantos se quejaban de que la muerte de Arturo Prat había sido en vano, probablemente sin saber que Prat y La Esmeralda combatieron en Iquique el 21 de mayo de 1879, lugar en dónde cayeron derrotados sin ningún logro de por medio, no así lo obtenido el 7 de junio del año siguiente, en dónde el coronel Pedro Lagos indexó (mediante un asalto que duró 55 minutos) a Arica al mapeado nacional. Tampoco faltaron los que invocaban la marcialidad prusiana de Pinochet, quien según los fascistas de notebook, no hubiese cedido ni una gota de mar en una situación similar. Paradójicamente el asesino es el único mandatario que estuvo a punto de darle salida soberana al mar a Bolivia, mediante el Acuerdo de Charaña de 1975.

Me deshago del exótico viaje al alcanzar mi destino. Hubo que caminar sólo una cuadra para encontrar de frente a la turba iracunda que inundaba las calles de la ciudad según la televisión capitalina. El grupo de personas, compuesto en su mayoría por pescadores y patriotas improvisados, distaba mucho de ser un movimiento ciudadano, en su totalidad estaba conformado por no más de 200 manifestantes. Banderas chilenas, lienzos a favor de la pesca, pancartas anti peruanos y unas cuantas banderas negras que evocaban los paros de actividades de los años 90, eran los estandartes que se lucían en medio de la extrañeza de los turistas y transeúntes que pasaban por el lugar . El grupo decide virar en dirección norte, en la intersección de calle 18 de septiembre con Velázquez. “¡Guerra! ¡Guerra!” gritaban, bajo el comando de un par de viejas cincuentonas. La performace, tiene uno de sus puntos complejos al cruzar por el costado de la galería comercial Las Palmeras, lugar reconocido por tener locatarios de nacionalidad peruana. A pesar de los roces, el asunto no pasa a mayores.

Un pelmazo de camiseta roja que sólo levantaba la voz cuando tenía las cámaras de frente se alza en un discurso motivacional -Esto no tiene que ver con ningún chileno, es contra los peruanos…-. Si bien el fallo fue gestado en Holanda, logra captar la atención de la masa. -… ¡perdimos y los milicos no hicieron nada!-. Elucubran, conversan, conspiran. Deciden entonces ir a reclamar al Regimiento Rancagua, enrostrar la cobardía de los militares ante la afrenta limítrofe. Me uno a la marcha, esperando resultados. Las quejas ahí dentro no son muy organizadas, el tramo entre el centro de la ciudad y el mencionado recinto castrense es acompañado por la divertida narración de como Vlado Mirosevic, Diputado, se escondió al borde del llanto en una oficina para evitar ser lapidado en las inmediaciones del puerto.

La batalla campal duró poco tiempo, el carro lanza aguas de Carabineros ahogó cualquier intento de expresión. Uno de los patriotas descargó su ira contra un despacho en vivo de Canal 13, quizás por estar en el lugar y el momento equivocado, quizás porque, convenientemente, un día antes del fallo C13 transmitió un programa sobre las cualidades turísticas de Arica, situación que no se repite el resto del año. 20 minutos después, cuando el calor le hizo recordar a los manifestantes amateur que los días seguirán pasando de la misma manera, cesaron las actividades.  Volviendo a la rutina, dejando los conflictos de lado, conviviendo con los mismos peruanos de siempre.

Mientras que en Arica la calma y la tarde se disipan entre las cuecas que Radio Neura repite hora tras hora como un último intento de adoctrinamiento nacionalista, a 2 mil kilómetros de ahí, y, cayendo ante el discurso convenido por los medios, un grupo de “neonazis” recorre Plaza de Armas reclamando la soberanía extraviada, amenazando a cualquier individuo que represente oposición a sus reducidas ideas. Cualquier excusa sirve para validarse, inclusive fingir que realmente les importa y conocen la situación de Arica, aquel terreno perdido entre dos países que intenta desligarse a duras penas de los políticos corruptos, del circulo de fuego que impone el monopolio de los medios de comunicación y lo más importante, de las duras garras del olvido.

El mismo olvido que aplicarán en un par de semanas más el activista pseudo-patriota, el pendejo falto de atención, el reportero amarillista del medio capitalino y el sindicalista con ambiciones monetarias. Dejándonos a nosotros con nuestra patria inexistente, nuestro pueblo fantasma libre de fronteras, al que finalmente no le importan las líneas imaginarias, ni el chauvinismo imberbe de unos cuantos.

E. Lara

[Narrativa] POKE #013




Fingimos compostura mientras anotan el pedido. Las pizzas están en marcha, no así la conversación, hemos esquivado miradas asesinas en silencio durante varios minutos. Tamara vuelve con dos canastas grandes llenas de palitos de ajo, los vasos y las bebidas, deja los aperitivos en la mesa y se retira sin siquiera mirarme, parece olfatear que algo extraño pasa. Don Pablo coge un bastón de masa, lo muerde, el aceite le chorrea por los dedos mientras sonríe en señal de aprobación. Espero a que en cualquier momento le disparen en la cara y repartan sus ideas por las paredes de la pizzería.

-Gracias por venir Salomón, que bueno que a pesar de las diferencias podamos sentarnos nuevamente a comer juntos. Mis chiquillos me comentaron que te llevaste bien con ellos, así que no veo porqué aquí no pueda pasar algo parecido.-  Salomón se inclina sobre la mesa, noto cómo cambian las formas de su rostro por la presión de su mandíbula.
-Explícame por qué no te tengo que sacar la cresta aquí mismo...- Lechuga me golpea el codo de forma casi imperceptible, apenas moviendo un músculo me señala a Jonás, quien está deslizando  su mano dentro del chaquetón de lana, lento, atento al movimiento, esperando el segundo de atacar. Podría correr con Lechuga, agarrar a Tamara, esquivar el mesón donde arman las pizzas, empujar al guatón que sobajea las masas y arrancar por la puerta trasera del local, pero probablemente me darían caza a solo dos pasos de la mesa y me ejecutarían delante de todos.

-No es necesario ponerse violento. Come un palito de ajo, están buenos.- Ranieri estira su mano sujetando uno de los bocadillos frente a la nariz de Ginebra. Se siente igual que acercar un fósforo encendido a la mecha del explosivo.
-Ve al grano viejo maraco, ¿qué quieres?-
-Tengo un negocio que quiero sacar adelante, pero no puedo solo. Pensé en incluirte, tienes los contactos y el capital necesario para partir, además, tienes experiencia en el rubro.- El ambiente se serena un poco, pensé en ir al baño y advertir a Tamara del peligro que corremos. Desecho la idea, levantarme de mi sitio ya sería ponerla en riesgo. Debo limitarme a seguir escuchando.
-¿Por qué ahora sí tengo que confiar en ti? Ya hemos pasado por esto…-
-Porque es un pacto seguro, a prueba de fallos y además de eso, potenciará tu carrera en el porno. Tendrás carne fresca para las cochinadas que se te ocurran.- Comienzo a sospechar, ¿en qué tiene que ver nuestro juego de cartas con que Ginebra pueda tener más gente para sus películas? Algo no iba bien.
-Sin importar porque cada uno desvió su camino, hay algo que tenemos en común, algo que nos mantiene atados sin importar la distancia. Las mujeres. Sabemos cómo tratarlas, sabemos trabajar con ellas y cómo cuidarnos de ellas. Un día pueden ser dulces, cariñosas, la supuesta compañera de por vida, y al día siguiente, unas locas de mierda, de esas que te entierran un puñal por la espalda, y no siempre te puedes recobrar de esas heridas. El reconocer estas diferencias logró que pudiésemos llegar a dónde estamos, ¿Cuántos imperios han caído por culpa de una concha jugosa? Más de los que a ningún hombre le hubiese gustado.-
-Lechuga, ¿de qué mierda están hablando?- No entiendo a que se refieren ni tampoco en qué punto de esto nos involucraremos. Cada palabra sólo suena a problemas que caerán sobre nuestras espaldas.
.-No tengo idea.- Don Pablo continúa su disertación.
-…Mi propuesta saca provecho de nuestro dominio del “género”. El mercado aquí sigue creciendo, todos los días llegan putas nuevas a golpear nuestras puertas, pidiendo trabajo o cualquier ocupación que las saque de la mierda que viven. Seamos generosos, démosle la oportunidad.- Ginebra se calma sin dejar de lado su habitual mirada felina, se rasca el rostro mientras toma algo de Pepsi.
-Sigo sin entender, tu brillante idea, ¿en qué se diferencia de armar un cahuín común y corriente?-
Tú sabes que los derechos humanos acá en Chile son una huevada arbitraria, aprovechemos eso. Conseguimos chiquillas, las entrenamos, tú las entrenas, sacas el potencial individual de cada una y armamos una red con todo eso. No me refiero a la típica red de cité céntrico, sino algo gigante, sin precedentes.- Veo cómo el rostro de Lechuga sea apaga al ritmo de las palabras, siento cómo el mío hace algo parecido. En algún momento iluso creí que la reunión tenía que ver con las cartas, con una especie de apoyo, para seguir haciendo lo único en que soy bueno, en cambio sólo me doy cuenta que nos estamos hundiendo en delitos de mayor peso. Me restriego el rostro con las manos para aclarar el panorama, pero al desvanecerse la bruma tengo a la misma gente frente a nosotros, colgando mercadería en la carnicería sin remordimiento alguno.

-No, no me convences, algo así de grande llamará la atención, por mucho que a la larga todas estas maracas no valgan nada, no estás hablando de una caja de empanadas, sino personas. Personas que hablan. ¿Tú crees que se quedarán calladas? No van a aguantar ni una semana conmigo...-

-Adelantándome a que dirías algo parecido pensé la forma adecuada para que estén todas calladitas y felices: Inmigrantes ilegales. Le tendrán más miedo a “Extranjería y Migración” que a tus juguetes metálicos. Si bien, Santiago es como una Zona Safari y podemos conseguir a todas las flacas que queramos, está demasiado manoseado. Tengo un par de lugares fuera de Chile dónde conseguir materia prima. Con eso armas el ciclo: les ayudas a entrar ilegalmente y te deben la vida.- Nos hemos puesto en riesgo defendiendo ideas que no apoyamos, bueno, a medias, Lechuga sí apoya lo del travesti que se mutila los cocos; en riesgo, pero siempre con un botón de seguridad presente, con nuestra manera particular de ser peones inocentes. Ahora estamos en el punto de no retorno, de volvernos igual que ellos sólo por asociación. No quiero.

-Sí, lo tienes pensado, pero hasta ahora sigue siendo lo común y corriente ¿dónde está el negocio? ¿Dónde queda el emprendimiento?-
-Esperen ¿D-de que estamos hablando? ¿Y la liga? De esto no se trataba la reunión.- Interrumpo alzando la voz. Es mi salto al vacío. Como cuando el mono 3D del planeta de los simios grita “NO”, cómo el chino que se puso delante del tanque para que no quedara la cagá en la plaza de Tiananmen, como Bulbasaur rehusándose a evolucionar, frustrando con eso al maricón de Ash. Por primera vez asumo totalmente las consecuencias de mis actos, esperando y afrontando el castigo posterior.  No pasa nada.
Cheo sorbetea la nariz, se suena los mocos con una servilleta, el resto me mira unos segundos, como si mis palabras fueran solo un sonido casual.
-La empresa está en sacarlas de Chile. Prepararlas aquí y enviarlas fuera, en cantidad masiva…- Al parecer no estoy al nivel de las negociaciones. -… ¿Dónde? Salomón querido tú sabes muy bien cuál es el mejor objetivo: España. Los españoles son buenos pa’l tráfico humano. Desde que vinieron a invadir américa, con sus caballos y sus marinos buenos pa’ cornetear, los españoles han querido adueñarse de la carne latina. Probaron el oro y se lo llevaron, probaron la carne, pero no pudieron cargar en sus barcos a un continente completo de mujeres con ganas de culear. Eso les venderemos. Para ti sería una forma directa de entrar en el mercado europeo, con mano de obra casi gratuita.- Don Pablo sabe muy bien con quien está tratando, conoce el punto débil de Ginebra y lo está explotando, es extraño presenciar cómo logra torcer su brazo, finalmente las palabras podían más que los puños.

-¿Tienes algún contacto en España? ¿Cómo planeas extender tu red hasta allá?-
-Ese es el punto clave. Estos “niños” se encargarán de abrirnos paso…- ¿Qué? ¿Qué chucha dijo? Tamara aparece con las Pizzas, Don Pablo la recibe amablemente, ayudándola incluso a servir. Mi estómago se revuelve, Lechuga semi en pánico me patea bajo la mesa dándome a entender que no tiene idea de las palabras de Ranieri. Una vez superada  la intervención y mientras los flaites sacan los primeros pedazos de pizza, retoma.

-El joven impulsivo acá ya adelantó algo. La Liga. Queremos que participe en la liga de cartas.-
-¿Sigues con lo de Pokémon?-
-Así es. Los últimos ganadores de La Liga terminaron en México, ampliando sus redes. Es un circuito multimillonario que no sólo genera vínculos entre jugadores de cartas, sino entre la gente que los auspicia. No veo porqué estos jóvenes no nos puedan llevar más lejos. He visto como juega Maximiliano, he visto cómo Gonzalo lo asiste, tienen una dupla muy bien armada.-
¿Gonzalo?-
-Cállate hueón.-
-Sólo necesitamos potenciarlos. Nada que dinero bien invertido no solucione.-
-¿Y por qué crees que el pendejo va a cumplir? No parecen muy astutos. Míralos.-
-Sencillo, si no me dan lo que quiero, me aseguraré que cada culito de sus familias termine, ya sea en Chile o en España, meneándose bajo algún pichulón entusiasta. Incluido ese que está apretado y moldeado por el uniforme de la pizzería. Tú me ayudarías Salomón, ¿cierto?-  Mi cuerpo quería saltar sobre él a sacarle la mierda, a descargar la rabia, pero no se movió ni un centímetro. La razón fue más grande, calculó las posibilidades de salir vivo del lugar, el porcentaje de éxito era nulo, para lo único que sirvió el cuerpo en ese instante fue para expeler una incómoda gota de sudor frío. Ahora entiendo que se siente ser militar, agachar la cabeza y acatar órdenes de huevones más grandes. Ginebra remarca mi momento dramático, serpenteando entre dientes.

-No quiero que mi esfuerzo y el riesgo que vamos a correr dependa de estos huevones, ponlos bajo un régimen. Que no duerman si no es por cansancio después de haber memorizado todas las variables de las cartas. ¿Está claro?- El vaho de azufre que sale de las palabras de Salomón nos envuelve, nos obliga a entrar en su boca y ser masticados a su merced.
-Gonzalo, quiero que lleves a Maximiliano a comprar. Hay un local relativamente nuevo que está generando buenos comentarios, queda en el Paseo San Agustín, al lado del Cinehoyts. Equípalo con todo lo necesario y que se ponga al día con las modificaciones de las reglas, págale a algún pendejo para que les explique si amerita el caso. Vayan ahora, los adultos tienen que hablar de porcentajes.- Nos levantamos. Tenemos que marchar sin derecho a réplica. Ni siquiera me puedo despedir de Tamara, quien está de espalda atendiendo otra mesa, me queda confiar en que si sigo adelante podré mantenerla segura.  Nuestros últimos pasos dentro de la pizzería son acompañados de las terribles palabras de Don Pablo.

-Entonces, Salomón, ¿es un trato?- De reojo observo la mano estirada, el pacto de tiranos está por gestarse sin que podamos hacer nada al respecto. La náusea nos escolta hasta que la tímida campanilla suena.
-Trato.-

[Narrativa] POKE #012



-Aprieta los cachetes….-
-Los aprieto, ¿o los separo pa’ que sea más fácil?-
- Cómo sea, sólo quiero terminar rápido…- Los sacrificios siempre son por una recompensa, pero cuando involucran a un transexual desnudo, respirando agitado muy cerca de ti, esa recompensa parece algo tan lejano que ni siquiera logras identificarlo en el horizonte. Luego de presenciar un enema de Carlita, tener que pintar su cuerpo con látex líquido era un juego de niños. La escena a rodar estaba bien definida, Ginebra nos explicó los pormenores y todos los detalles explícitos que tendríamos que presenciar minutos más tarde. Carlita sujeta sus nalgas mientras la brocha empapada cubre los últimos centímetros de piel, Lechuga me observa a la distancia y sonríe por mi incomodidad ante el panorama.

Este tipo de situaciones no estaban incluidas cuando decidí aceptar el “trabajo”, condicionados por las circunstancias o no, no estaba preparado para interactuar íntimamente con un travesti portador de una erección dos veces más grande que las mías. Termino mi labor, sigo las instrucciones de Salomón, quien me indica que debo alejarme de “cuadro”. Mientras ajusta las cámaras, tres actores grandes, fibrosos como toros salen de los camarines, están desnudos y listos para la acción. Más pronto que tarde te acostumbras a la desnudez, se hace parte del decorado. Lo único que me sigue incomodando, además del encuentro con Carlita, es el espeso olor a piel del lugar. Está impregnado en la ropa, aguantar la respiración no sirve porque está adherido a mi nariz y paladar.

-Estamos listos para grabar...- Salomón da la señal. Los tipos empiezan a cercar a Carlita, como hienas que intentan cazar a un animal atontado. Es una batalla de coliseo romano en donde las armaduras de metal fueron reemplazadas por una fina capa de látex negro. Las fricciones y quejidos se amplían por más de una hora, se extienden por órdenes de Ginebra, quien ausculta la situación al detalle, supervisando todo en primerísimo plano. Los bruscos movimientos hacen que mi abnegado trabajo haya sido en vano, los trozos de plástico cuelgan como una muda de piel que quiere abandonar el amasijo de cuerpos. Lechuga se mantiene atento durante todo el rodaje, observando con mayor detenimiento los tramos dónde los objetos inanimados se sumaban a la dinámica.

- ¿Quién va ganando?-
- Creo que Carlita, es flexible en todo sentido el cabro, la DP no le hizo ni cosquillas.-
- ¡La qué? No, olvídalo, no me expliques. Por cierto, ¿qué vamos a hacer? Tenemos que convencer a este loco, no podemos volver con las manos vacías dónde Don Pablo. Hasta el momento no hemos sacado nada y la hora sigue pasando. -
-Mírale la cara...-  Ginebra se muerde los labios mientras enfoca su cámara, parece disfrutar con cada empellón, los que imita con su propia pelvis. -…Está en su peak. Realmente está gozando todo esto. Creo que tengo un plan.-
-¿Si?-
-Sí. ¿Has escuchado que hay ciertos momentos en dónde no se puede negar una proposición? Imagina que estás cagando, en plena acción, y alguien entra de sorpresa a pedir plata prestada, lo más probable es que digas que si  para que salga de ahí y te deje terminar tranquilo. Vamos a usar esos momentos vulnerables a nuestro favor.- Sin consultar nada más, seguimos adelante esperando el momento exacto en dónde Lechuga echará a andar su idea.

Permanecemos activos por el resto de la filmación; tuvimos que espantar a un par de moscas inoportunas que se detuvieron a arruinar algunas tomas, enfriamos los focos con un ventilador casero y fuimos testigos de un lentísimo y tortuoso parto anal. Los resultados dejan de buen humor a Salomón, mientras declara el fin de la grabación, Lechuga se acerca a perpetuar su estrategia. Mientras me calzo los guantes de caucho que me facilitaron para recoger algunos desechos biológicos de la escena, estiro la oreja para captar la conversación.

- Qué bueno que no uses el típico cliché del creampie para el final. Ahora hasta el felching está sobre utilizado….- Lechuga enrolla los cables de la cámara mientras espera haber captado el interés de nuestra víctima. Ginebra lo mira de reojo, escurriendo debilidad por el rabillo, su ego fue manoseado y como cualquier artista, tiene sed de atención.
-El parto anal es más romántico. Poético. Por lo mismo intento mantener la tradición cómo fue pensada en sus inicios. No hay mejor sensación que un pescado frío deslizándose afuera por la tracción muscular, saliendo con las escamas abiertas, enganchadas en las carnes, rompiendo todo a su paso.-
- He visto ejemplos con objetos de plástico, verduras como lo de “A New Veggie is Born”, pero la ambición de todo ese desarrollo y preparación no lo había visto, al menos no dentro de lo que se hace por estos lados.- El pecho de Ginebra queda expuesto al hincharse, el momento exacto para asestar un golpe. -Lastima que no tengas la distribución correcta. Si vivieses en Europa quien sabe cuál sería el límite.- Su semblante se reconfigura al escuchar las palabras, vuelve a la habitual mueca demoniaca.
-¿Qué sabes tú del negocio pendejo? ¿Ah?-
-Lo suficiente para saber que se necesita plata… Vas a terminar como Leonardo Barrera, con muchas ideas y nada concreto.-
-Si sabes tanto, entonces puedes calcular mi patrimonio, hueón insolente, no necesito que alguien intente hacerse el erudito sobre mis propias decisiones.-
-No, no dudo de eso, sólo comentaba que tu visión tiene mucho futuro. Sólo necesita un empujoncito extra, quizás esa inyección de capital que te hace falta se podría conseguir fácilmente si te asocias con Don Pablo…..-

El viento que se cuela por la ventanilla nos cae como un baldazo en el rostro, es incómodo pero necesario. Después de haber estado horas encerrados en ese lugar,  la comodidad de una micro casi vacía no se cuestiona. Bajamos un par de cuadras cerca de Ambrosia. Caminamos en silencio, lento por el cansancio que llevamos a cuestas.

-No sé qué chucha fue eso de la corvina pero... Lo lograste. No puedo decir que fue una experiencia agradable, o que sea algo a poner en mi currículum, pero siento que todo eso que pasó allá, el sacrificio y todo eso, es porque vamos a lograr algo, algo bueno.- El optimismo se nos escapa al segundo, justo después que Lechuga hundiera uno de los machucones de mi rostro.
- Busca alguna manera de curarte bien la cara, yo intentaré hacer lo mismo con mis costillas.-

Instalados en nuestro infierno usual, donde todo parece inofensivo, somos recibidos con entusiasmo. Nadie parece preguntar por mi bienestar, al parecer la agresión es parte común en los tratos. A simple vista no hay rastro de Yasmín, según algunas de las chiquillas llegó temprano y trabajó a turno cambiado. Seguro no quería reencontrarse con nosotros.

-Mañana, a medio día en algún lugar “neutro”. Eso dijo.-
-Bien me parece chiquillos. Buen trabajo el de ustedes, demoroso pero bueno. Esto nos va a reportar buenas ganancias, va a significar un nuevo y provechoso negocio por delante. Costará comenzar, pero con paciencia veremos los resultados. Ahora descansen, se lo ganaron. Yo me encargo de fijar un lugar y avisarle a Salomón.- Las palabras de Don Pablo parecen algo ingenuas, no sospecha que su futuro socio hasta hace unas horas atrás mantenía firme la decisión de matarlo. Lealtades aparte, parecía casi necesario advertir que el panorama no podría ser tan alentador como se espera. Más como un favor humanitario que como un consejo de empleado.

-Jefe… Creo que Ginebra no estaba de muy buen ánimo, sería bueno que fuese preparado, digo en caso de que algo malo pase.-
-¿De verdad? ¿Se puso muy bravo con ustedes?- Nos miramos las caras, sin saber si es una broma o si las grietas de mi rostro realmente eran poco evidentes. – De todos modos ustedes lograron algo, lograron ganar su confianza de lo contrario esto no hubiese llegado a buen puerto. Hagamos algo, ¿podrían asistir mañana como intermediarios de paz en el asunto? Sólo será un trámite rutinario. Los espero a buena hora, de aquí partiremos a la reunión.-

Pensamos pasar donde nuestro doctor de cabecera a que revisara las heridas, pero la simple idea de tener que salir a buscar alguno de sus antojos culinarios de mitad de madrugada desechó cualquier intento. Coordinamos la mentira que cubriría mis heridas, una pesada caja de herramientas cayó de la estantería, aterrizando, para mala fortuna, sobre mi cara. Es sencillo creíble y coincidente con los moretones. Nos despedimos siguiendo cada cual el rumbo más expedito para adormecer aquel día de locos.

Después de rebasar el pavor inicial de Tamara y sus insistentes curaciones, pude descansar sin problemas, me hundí en el colchón hasta que los huesos se volvieron líquido, tuve que resumir mi cansancio a sólo 8 horas de sueño, no es suficiente pero estoy agradecido que al menos la decisión de descanso aún esté bajo mi control. Al día siguiente Lechuga me esperaba en el punto habitual de reunión. Está comiendo limón con sal. Siempre he creído que la gente que come el limón así es obsesiva, esto termina por confirmar mi teoría. Compartimos nuestras expectativas del encuentro, ambos llegamos a la conclusión que si logramos ser buenos mediadores todos podrían salir caminando en dos patas del lugar sin sufrir daño alguno.

Al llegar a Ambrosia vemos cómo la comitiva de Don Pablo está lista para partir, nos mezclamos con el ajetreo y luego de los saludos correspondientes esperamos por instrucciones.

-¿Es necesario llevar eso?- Don Pablo se hace acompañar por dos de sus secuaces, antes de subir a la van que nos llevaría a la reunión, uno de ellos revisa la pistola que lleva escondida en el cortaviento. Lechuga me hace callar para evitar una reacción de parte del maleante, no parece reaccionar, jugar con el seguro del arma es más entretenido.
-Precaución pelao, en caso que las cosas se pongan poco democráticas. El Cheo también lleva un fierro escondido…- Nuestro viejo conocido de gatillo flojo nos levanta las cejas. Las rencillas quedaron lejos, pero la impresión de su poco autocontrol perdura y adelanta una reunión catastrófica. Dadas las indicaciones, el vehículo inicia su marcha a través de las calles.

El paisaje indica que vamos rumbo al centro, tras un par de giros interminables, nos encausamos en la Alameda en dirección Poniente. Es decir, de vuelta a nuestros terrenos. Mientras el jefe habla de cifras con sus subordinados, intento distraerme y calmarme planteándole a Lechuga mis dudas existenciales.

-Hay algo que me molesta, me molesta mucho.-
-¿Qué cosa?-
-Los Regice. Son absurdos, son un error. Según los datos de la Pokédex, el ambiente alrededor de uno se enfría a -200 grados bajo cero, ¿entonces cómo cresta te acercas a atraparlo? ¿Cómo haces que tu Pokémon lo debilite sin que los dos mueran con los pulmones congelados?- No logro entrar en sintonía con Lechuga, parece más preocupado por el recorrido, mira de forma insistente lo que pasa fuera del auto.
¿Si los datos en la Pokédex no se registran hasta que atrapas a un Pokémon, cómo existen los datos de un Regice? Quién lo atrapó, ¿un esquimal culiao? - 
-No…- Lechuga palidece, su reacción es extraña, errática. Me parece extraño considerando que siempre cuestionamos la existencia de los Pokémon de esa manera.
-Cómo que no, hueón? Así funciona… En la serie inventaron eso de que están todos registrados para que Ash no tuviese que…- Lechuga gira mi cabeza violentamente. Hasta ese punto no me había fijado en el recorrido que llevábamos, quizás lo noté demasiado tarde. El auto dobla por Bulnes, en ese instante la realidad me pega un duro portazo en el rostro.
-No. No, no…- Entiendo entonces que está pasando, Don Pablo se da vuelta con una sonrisa macabra al notar que ya anticipé cual será el lugar “neutro” de la reunión.  
-¿Qué pasa flaco? Es solo un almuerzo de negocios, signo de mi buena fe. Además ¿a quién no le gusta la buena comida?-
Mientras el chofer recula para encontrar el lugar milimétricamente exacto para estacionar, vemos cómo Ginebra llega acompañado de Jonás, el negro que tiene por asistente, este lleva largo abrigo, escondiendo quien sabe cuanta cantidad de plomo bajo él. La entrada del restaurant luce despejada, salvo por los dos bandos que en cualquier momento podrían invocar la guerra. Bajo nervioso, sin saber qué hacer o decir, Lechuga está en igualdad de condiciones, un empujón de parte del Cheo nos obliga a integrarnos a la dinámica. Nos miramos por eternos segundos hasta que el mutismo se disuelve.

-Espero que tu negocio sea algo serio conchetumare, sino me los cago a todos aquí mismo.- Ginebra gigante y amenazante echa humo por la nariz, con un gesto de manos corre parte de su chaqueta, dejando ver la culata de un arma asomada por el costado de su pantalón.
-Tranquilo Salomón, este es un lugar seguro dónde ninguno debe ponerse agresivo, ¿cierto Maximiliano?- Intento interferir pero las palabras no me salen completas, sólo puedo agregar un torpe “sí” ante la presión de las miradas. – Entremos, es mejor conversar sentados y tranquilos.- Al traspasar el umbral suena la campanilla que alerta la presencia de un nuevo cliente, el local está casi vacío exceptuando la gente que atiende. Mientras buscamos la mesa más grande del lugar, Tamara nos intercepta y nos recibe amablemente, no sin mirar algo extrañada por notar  mi presencia en la pizzería.

-Max, que sorpresa, trajiste a tus compañeros de trabajo a almorzar. ¡Tomen asiento!- Intento reacomodar mi cara, fingir que estoy bien, mantenerme activo para que no note nada extraño. Lo logro a duras penas.

- Díganme caballeros, ¿que se van a servir?-