28/9/2014

La Moral de los Buitres, crónica sobre el bombazo en barrio Yungay



Ocurrió minutos después de la 1 de la madrugada. Fue un estruendo seco, amortiguado por el concreto, pero lo suficientemente fuerte como para hacer vibrar los cristales. A esa hora el acostumbrado zumbido ambiental de Santiago es inexistente, por lo que se escuchó sin ningún tipo de interferencia.

El ruido interrumpió mis actividades y al igual que Eric, uno de mis vecinos en el cité, salí al pasillo a ver qué pasaba. Un día antes, trabajadores de la empresa de gas hicieron reparaciones frente a la casa por una supuesta filtración. La poca destreza de los obreros provocó que casualmente intervinieran cableado eléctrico; el resultado fue un corte de luz que no se resolvió hasta un par de horas después. Miré a Eric e inmediatamente pensamos en la tubería de gas. Cogí mi cámara como acto reflejo y decidí salir a la calle en pijama, a buscar la fuente de la explosión.

Al notar que no había tales obreros, sino puestos de trabajo vacíos, comencé a caminar por García Reyes, en dirección Norte. De la puerta de mi morada hasta la intersección con Erasmo Escala hay tan sólo 50 metros, así que llegar hasta ahí tomó máximo un minuto. Había olor a pólvora en el ambiente; apuré mis pasos acompañado de vecinos que al igual que yo salían a saciar la curiosidad.

Doblé en la esquina, ví un bulto en llamas junto al muro, le tomé un par de fotografías sin saber qué era. Hacia el oeste, en la intersección de Erasmo Escala con Cueto, habían autos detenidos. Uno de ellos era un vehículo de Carabineros que formaba una barrera improvisada para retener a la multitud curiosa. Comencé a acercarme bordeando la vereda del frente, disparé nuevamente a lo que a mi juicio parecían bolsas de basura quemadas. El murmullo de la gente era generalizado, no se podían diferenciar palabras entre los chillidos de nerviosismo e instrucciones lanzadas al aire. Una corta frase cambiaría aquella condición.

Un tipo me grita desde la ventana del segundo piso de la vivienda frente al lugar del estallido. Entiendo perfectamente lo que dice, pero no puedo asimilar su mensaje.

-Hueón, ¡es una persona!- Intenté observar mejor, pero el lugar es oscuro. Quedé congelado sin poder actuar frente a ese bulto que comenzaba a moverse mecánicamente bajo las llamas. Un ebrio que se coló por un costado de la barrera, se acerca y vocifera:

-¡Los pacos culiaos no quieren hacer nada, se está quemando hermano!-
- Apáguenlo, es un ser humano, ¡traigan agua, por favor!- De fondo escucho los gritos de Eric; su petición se pierde entre tanta confusión.

Reaccioné. Me acerqué para intentar ayudarlo, estaba recostado sobre su lado izquierdo, respiraba con espasmos, moviendo el torso y su cabeza envuelta en fuego. Un Carabinero que no había notado, me salió al paso. Pensé en esquivarlo, pero se para casi frente a mí.

-¡No te acerques, tiene otra bomba y puede explotar en cualquier momento!-

Me obligó a alejarme, noté como a mis espaldas más civiles intentan socorrerlo, corriendo la misma suerte. Traté de acercarme nuevamente, solo para toparme con otro uniforme verde y el recurrente “No puedes pasar, no te acerques”.

-Pero hay que hacer algo, usa tu cabeza, tonto hueón.- Me ignoró, tomé dos fotografías más mientras me obligaban a volver mis pasos hasta la esquina. Una veintena de colombianos residentes de un edificio aledaño también son retenidos, se suman al clamor, intentando provocar alguna reacción humanitaria en la policía. Los prolongados minutos pesan en la garganta.

La gente sigue gritando por ayuda, pero la ayuda no llega.

Carabineros rompe sus filas y se acerca al herido cargando un extintor, siempre guardando una distancia prudente. Una generosa descarga de polvo químico envuelve su cuerpo, sofocando la pira. Inmediatamente los uniformados se repliegan a su cómodo punto de resguardo, siguiendo lo que según explicarían más adelante, “es parte del protocolo”. Miramos en silencio mientras otro policía explica que había un segundo bolso en la zona y acercarnos significaba ponernos en riesgo. Desconozco si tal bolso era real, no recuerdo haberlo visto. De todos modos la miopía y el nerviosismo podrían haberme jugado una mala pasada. Noté que estaba descalzo, decidí volver para remediar aquello.

Antes de regresar a la calle veo que la puerta de Eric está abierta. Estaba frente a su computador, revisando una grabación que hizo del momento en que socorrieron al sujeto.

-Yo no hago estas cosas, esta no es mi pega- Eric es fotógrafo, se gana la vida vendiendo impresiones de su trabajo. Está visiblemente afectado por la situación.
-Hueón no, míralo, ¡está respirando!- Palmoteo su espalda para calmarlo. Observamos la pantalla juntos, revivimos el dolor basados en convulsiones ajenas.

De vuelta en la calle, el rango de acción había sido ampliado sin dejar un ángulo que permitiese visualizar el lugar. Aprovechando que la cinta amarilla que delimitaba el perímetro había sido cortada por un vehículo oficial, me acerqué. La ambulancia había llegado, paramédicos de chaleco verde reflectante atendían al hombre en el suelo. Eso daba señales que aún estaba con vida y de que no hubo un segundo explosivo. Tomo la última fotografía.

Un funcionario de Fuerzas Especiales con el nombre oculto bajo su chaleco protector, me pidió retroceder nuevamente tras la endeble cinta institucional que había sido restaurada. Los transeúntes aprovechan la oportunidad para increparle la demora en la atención médica. Ciertamente eran las 1:55 am y el herido continuaba tumbado en el concreto.

-Descartamos que hubiese un segundo aparato y ahí recién le dimos pase a la ambulancia. Hay un protocolo.-
-Entiendo, pero igual es fuerte ver al tipo moviéndose en llamas, que nadie haga nada y que tampoco dejen apagarlo. Si te pones en mi lugar te sientes impotente…-
-Te doy un ejemplo, un día nosotros transitábamos por Vicuña Mackenna. Habían atropellado a una persona, estaba lleno de sangre por todos lados. Llegó un peatón que lo quería ayudar, lo tomaba, se manchó por todas partes. Yo le pregunté “¿Tú sabes quién es? ¿Lo conoces? ¿No? ¿Tienes guantes quirúrgicos?“ ¿Me entiendes? Eso es. Por eso hay que seguir un protocolo.-

La intersección de Erasmo Escala con García Reyes se había convertido en un improvisado set de televisión. Sobre los containers que sirven de oficina momentánea para un edificio en construcción, se habían instalado las cámaras de TVN y otros canales. Observaban desde el cielo como aves acechando la presa, esperando el fallecimiento para perpetuar su naturaleza. Un notero bien peinado y con terno impecable repetía a modo de ayuda memoria las palabras que diría en su próximo despacho en vivo. Tres minutos después, la ambulancia emprendía su carrera entre paneos coordinados. Carabineros da aviso de una nueva ampliación en el perímetro, era la señal de que había que abandonar la calle de forma definitiva.

*

No pude dormir sino hasta cerca de las 8 de la mañana. Desperté adolorido, como si mi columna hubiera sido estrujada durante horas. Junto a la confirmación de la identidad del desconocido, hago la revisión rutinaria de Internet. En mi bandeja de entrada de Twitter, tenía un par de invitaciones “periodísticas” gracias a mi calidad de testigo. Uno para el programa de televisión de un charlatán de apellido Copano y el otro para un programa de radio que anima el chascón que intenta ser divertido en los comerciales de Pepsi. Decidí ignorarlos, al igual que los insultos de otros usuarios de la red social que juzgaban sin conocer los sucesos de la noche anterior.

Agoté el día hablando con vecinos, buscando respuestas. “No, no hubo cajita con luces”, “los pacos no resolvieron todo, tal como un sonriente testigo de capucha blanca salió declarando en despachos televisivos”, “no pudimos hacer nada porque había otra bomba”, eran comentarios recurrentes. Con un poco más de calma en el cuerpo, conversé con el hombre que gritó en la ventana del segundo piso, me atiende desde el mismo lugar.

-Tengo cámaras apuntando al frente, alcancé a ver el video antes que Carabineros se lo llevara- Según la descripción que entregó, Sergio Landskrom venía corriendo, se detuvo por un momento y luego vino la explosión. Las cámaras tienen un punto ciego que le impidió ver el detalle de lo que vendría después.

Repetí la ruta de la noche anterior, esta vez sin que me detuvieran. El acordonamiento había sido levantado. La calle lucía igual que en un día normal, salvo por una mancha de sangre diluida en agua y la presencia de trozos pequeños de carne fundida a lo que parecían ser fibras sintéticas. Los restos estaban repartidos en los pastizales que crecen frente a la Zona Cero.

Las diferentes voces entregan sus testimonios sin tener que exigirlo. Había mucho por contar y pocos medios con disposición real de escuchar.

-¿Sabes qué me llama la atención? Los pacos que llegaron primero eran de la 21° Comisaría ¿Cómo llegó tan rápido una patrulla desde allá?- Uno de los residentes que había reclamado por la demora en la asistencia médica hace hincapié en ese detalle. Efectivamente, la 21° Comisaría queda a 2,08 km del lugar, mientras que la 2da Comisaría queda a sólo 10 cuadras, son considerables minutos de diferencia.
-Además no tenían extintor, eso fue lo peor. Los de la 21° tuvieron que esperar los refuerzos que mandaron de la 3ra para apagarlo. Cuando llegaron no lo hicieron al tiro, sacaron y guardaron el extintor dos veces antes de proceder. Estaban indecisos, no sabían qué hacer. Tenían miedo.- Mientras la noche comenzaba a dar sus primeros mordiscos, logré un pequeño avance. El misterio de la temprana presencia policial es parcialmente resuelto al conversar con la dueña de un restaurant cercano.

La pollería “Yahaira” está ubicada en Cueto con Moneda, a una cuadra del lugar del suceso. La mujer me explica que Carabineros acostumbra comprar papas fritas allí, para luego comerlas en el vehículo policial que estacionan frente al local.

-Anoche, cuando sentí la explosión, corrí porque pensé que había sido en la casa de la esquina, ahí vamos a poner otro local, uno de mariscos. Salí y la patrulla estaba estacionada aquí afuerita, quizás habían comprado algo.- Al parecer la necesidad de hambre fue más grande y puso a los uniformados en el lugar y hora exacta para fallar.

*

La mañana del 26 repito el ritual. No entiendo por qué, pero vuelvo a la escena. En esta oportunidad veo a tres funcionarios de Labocar (Laboratorio de Criminalística) haciendo peritaje a un árbol cercano. Les indico dónde quedaban pedazos de carne. Me dan las gracias con un tono sarcástico, dando a entender que ya los habían recogido. Me retiro mientras un par de colegialas se sacan una selfie usando como paisaje de fondo el lugar del bombazo.

*

Eric, quien imprimió una foto del hombre en llamas para ponerla en exposición, estaba feliz. Logró “vender” su video a Karim Butte de Chilevisión, lo intercambió por una entrevista y una mención a su trabajo fotográfico.

-“El artista que se volvió Reuters”, así podrían titular la nota. Será una primicia del canal y un acierto periodístico. No sé qué voy a hacer, mi Facebook no va a dar abasto para tanta gente.-

Me siento al computador. Reviso los últimos insultos. Leo una nota simplona en “El Ciudadano” que critica la crueldad en torno al caso. Paradójicamente todos los medios se beneficiaron cosificando una desgracia.

Vuelvo a la calle. Ya no hay nada, sólo cemento. Sigo volando en círculos buscando respuestas sin solución, buscando carroña.

No la encuentro.

Al final del día sólo queda asumir que todos nos alimentamos de ese cadáver humeante.
Debemos asumir que de una u otra manera, todos nos volvimos buitres.

Edgard Lara T.

31/5/2014

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2/5/2014

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